¿Alguna vez has querido ser el mejor en algo, que todos te envidien, alaben y admiren? ¿Has pensado seriamente que precio tendrías que pagar para conseguir algo así? ¿Venderías tu alma al diablo por conseguirlo?

Ha habido personas impresionantes en la historia, tan fuera de lo común que desafían lo que la sociedad considera normal; tanto por sus conocimientos, apariencia, forma de pensar y otras “excentricidades” que se les inculpa de no ser humanos, de haber vendido su alma al diablo para conseguir “eso” que los demás no tienen. Ese algo que causa envidia, temor y admiración a la vez. Uno de los casos más famosos en la música es el de Niccolo Paganini, mejor conocido como “El violinista del diablo”.

Paganini podía interpretar piezas de gran dificultad con una de las cuatro cuerdas del violín. Tocaba de tal modo que parecía que había varios violines sonando a la vez. Era capaz de afinar su violín mientras tocaba para darle más brillo, tocaba 12 notas por segundo (una velocidad impresionante nunca antes vista); descubrió los dobles armónicos; tenía la facilidad de improvisar en un concierto además de tener una memoria prodigiosa al subir sin partituras al escenario y solo ponerse a interpretar. Produjo sonidos inimaginables con el violín y revolucionó la técnica y creando nuevas posibilidades para el instrumento.

Las personas no daban cabida a lo que oían. Un crítico del diario La Gazzeta Piamontese, después de escuchar uno de los conciertos de Paganini, escribió: “Tiene algo de diabólico, una habilidad casi sobrenatural. Muy a menudo su violín ya no es un violín. Es una flauta, es la limpísima voz de un canario bien amaestrado; supera las más incomprensibles dificultades con una facilidad indecible”. Había quien juraba que en conciertos detrás de paganini una sombra siniestra lo acompañaba mientras tocaba.

Su vida de excesos solo hizo crecer los rumores. Le gustaban las mujeres, los juegos de azar y la bebida; tanto que fue encarcelado varias veces por estas razones. Llego a puntos extremos en donde se vio obligado a vender su violín, aunque para su fortuna, un admirador le regalo su famoso y predilecto Guarnerius.

Todo esto sumado a que Paganini era físicamente poco agraciado, ya que tenía una complexión muy delgada, tez pálida, brazos y dedos muy largos, cabello oscuro y largo, cuerpo desproporcionado, nariz aguileña, orejas protuberantes y una barbilla bastante prominente que lo hacía ver más grande de lo que era. “Una apariencia diabólica”, “solo el hijo de un demonio puede lucir así” decían.

Un médico de Viena dijo que Paganini “movía todas las articulaciones lateralmente y podía doblar hacia atrás el pulgar hasta tocarse el meñique, pues movía sus manos con tanta flexibilidad como si no tuviese músculos ni huesos”. Actualmente, se cree que Paganini sufría del síndrome de Marfan que da a quien lo padece extremidades largas con articulaciones muy flexibles.

En realidad a Paganini no le afectaban los rumores de su pacto con el diablo, es más, se aprovechó de lo que decía la gente para que sus conciertos tuvieran más espectadores y el costo de los boletos fuera ridículamente alto. Empezó a utilizar exclusivamente trajes negros y desalineados, utilizaba delineador en los ojos, llegaba a los conciertos en un carruaje tirado por cuatro caballos negros usando un manto oscuro que lo cubría casi completamente. Los escenarios en los que se presentaba eran lúgubres y con poca luz.

En 1890 cayó muy enfermo y se rehusó a ver al obispo asegurando que no estaba agonizando, que aún tenía muchos años por vivir, pero unos días después murió. Como no recibió los sacramentos finales la iglesia se negó a concederle entierro en campo santo.

Todo esto hace que la historia de su vida, con sus verdades y mitos, sigua viva hasta nuestros días; pero deberíamos recordarlo más por su virtuosismo y técnica en el violín y no tanto por los rumores de su pacto con el diablo. En lo personal no creo que tuviese tal pacto, pero no puedo afirmar nada ya que la única persona que supo la verdad era el propio Paganini.

Jeny Hernández

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